El chico de las botas

​Jueves, 13 de noviembre de 1995

El chico de las botas me ha vuelto a mirar de aquella manera. Al final voy a tener que claudicar y aceptar que esa mirada es propia de él, que quizás tenga otras formas de mirar pero que esa, me guste o no el desdén que desprende, es indiscutiblemente suya. Y hoy me la dedicado a mí.

Ya me lo dijo Pep en una de nuestras sesiones, las personas no somos ni buenas ni malas; somos seres poliédricos que respondemos como podemos según las circunstancias, y no tengo que castigarme por ello. Y sí, es verdad, su mirada helada ha lanzado mi moral contra el suelo, como si fuese una sucia colilla, pero ¡a saber en qué estaba pensando mientras me miraba! O saber qué se ha cruzado en  mi cabeza, que en eso de ver gigantes donde hay molinos me saqué un máster hace tiempo… En fin, no castigarte, ¿recuerdas?

Lunes, 17 de noviembre de 1995

Hoy he vuelto a ver a Pep, como cada lunes. Esta vez me ha sugerido que le lleve alguno de los poemas que escribo y, la verdad, no sé si me atrevo. Algunos son tan profundos, tan oscuros, que tengo miedo de que los malinterprete; y los otros, los ñoños, ni de coña saldrán del cajón de este escritorio. Esa libreta está sellada.

Durante la sesión le he comentado que me han propuesto participar en el fanzine del instituto y se ha alegrado mucho, ha alabado mi potencial y me ha dicho “¡Artistaza!”. Dice que he de creer más en mí, que me expreso de una forma muy poética, hasta en mis fotografías, y que eso me hace ser especial, que he de confiar más en mi capacidad creadora. Sus palabras me han llegado, me han parecido sinceras.

A veces me siento incómoda con Pep y no es porque no confíe en él, sino porque no me acostumbro a pagar dinero para que me escuchen. Se me tuerce el gesto cada vez que llega la hora de irme y pagarle. Quizás es mi ego el que habla, yo que sé… El lunes que viene le propondré pagarle al inicio de la sesión, quizás eso me haga sentir mejor. Sé que me sienta bien ir a hablar con él pero… Bueno, sea como sea tiene un polvazo increíble.

Miércoles, 19 de noviembre de 1995

Me está costando horrores pero es definitivo: o me pongo YA con el examen del viernes o me crujen.

Estoy en la biblioteca, sentada en la silla de siempre, pero no puedo concentrarme. Él está sentado dos mesas más allá, al final de esta larga y profunda diagonal que nos separa. Sé que lleva puestas las mismas botas camperas que me dejaron sin palabras la primera vez que le vi. Y lo cierto es que me da miedo levantar la cabeza; me da miedo volver a mirarle y no saber reaccionar ante la indiferencia de sus pupilas verdes. Sé que puede doler demasiado.

Cris me ha dicho que este sábado hay concierto en el Ateneu y que él va a ir, que se lo ha dicho Laura. Me lo ha dicho como si tal cosa, aún sabiendo que estoy pillada por él desde hace más de un año. Creo que está tan acostumbrada a mi hermetismo que hasta mi mejor amiga me da por perdida; pero entonces ¿por qué me lo ha dicho? ¿Es ella la que no tiene fe en mí, o soy yo quién no la tengo? En el fondo da igual, volví a practicar mi famosa pose de estar por encima del bien y del mal, y que ya veríamos qué planes van saliendo para el sábado. Presión cero.

No sé qué me pasa pero empieza a dolerme la cabeza, hace demasiado calor en esta biblioteca. Son las 7 pasadas y aún no he empezado a estudiar ni el primer tema… ¡Joder! Van a crujirme pero es que aquí es imposible… Creo que paso; esta noche me pongo en casa. Un cigarro en el casal y quizás más tarde lo vea todo distinto.

Sábado, 22 de noviembre de 1995

Mi madre me tiene harta. No sé para qué le he dicho que hoy igual no vengo a dormir, otro día lo hago sin más y punto. ¡Qué forma de agobiarme, joder! Llego a decirle que no me presenté al examen de ayer y hubiese ardido Troya. Sé que le preocupo pero me agoniza demasiado, es tan débil que me saca de quicio. Paso.

Al final, hoy iré al concierto del Ateneu con Cris y los demás. No sé si irá el de las botas pero, bueno, espero verle. Mi prima me ha regalado unas fantásticas uñas postizas de color negro. Igual me las pongo esta noche a ver qué tal.

Creo que me voy a nadar un rato, necesito relajarme un poco.

Lunes, 24 de noviembre de 1995

Ayer no pude escribir; a veces mi mente necesita tiempo para procesar. Sé que tengo mucha agilidad mental pero, de vez en cuando, necesito que el tiempo se dilate para ganar espacio. Es como cuando he de resolver un problema matemático, soy incapaz de hacerlo fijándome en lo concreto, sino que necesito entender su magnitud. Porque si me quedo estancada mirando una de las partes, mi mente comienza a funcionar de forma sesgada. Y a veces hay que mirar lo invisible, de ahí la necesidad de dilatar el tiempo. Según Pep ese es uno de mis mecanismos de defensa. Bueno, eso o una paja mental de las gordas, ves a saber.

La historia es que la noche del sábado me lancé a hablar con el de las botas y, a pesar de que no me hizo el menor de los casos, fue brutal. O al menos así lo siento hoy. Cris, como siempre, nos hizo llegar tarde y con varias copas de más, así que él ya estaba allí cuando entré en el Ateneu. Llevaba puestas las uñas postizas y, a pesar de que una de ellas se desenganchaba cada dos por tres, me hicieron sentir realmente sexy y segura de mí misma. Y cuando me siento segura, sé que puedo comerme el mundo.

Cuando le vi en el fondo de la sala, un resorte se activó en mi interior y mi cerebro pasó a modo kamikaze. A pesar del nudo de avispas que tenía en mi estómago, hablarle me resultó francamente fácil: fui directa hasta él, saqué el pegamento de uñas de mi bolso, se lo di y le pedí que me lo aguantara para enganchar de nuevo la uña rebelde. Esa fue mi gran actuación.

No sé qué se le pasó por la cabeza pero le costó reaccionar. Ni una sonrisa, ni un ademán de simpatía, ni un ápice de amabilidad. Su total falta de humor me cortó el rollo de golpe e hizo que el mito cayera estrepitosamente al suelo.

El tío pasó de mí; no hizo el menor ademán de seguir la broma, ni de aportar algo nuevo, ni siquiera de invitarme a una copa. Sentí cómo su indiferencia trajo de vuelta mi inseguridad y mi tristeza; de repente me empecé a sentir fea, como poca cosa, como una payasa con uñas de porcelana. Y entré en modo destrucción masiva hasta anoche, cuando pude hablar con Cris.

Hoy lo veo todo con un poco más de claridad. Mi carrusel emocional sigue girando a mil por hora pero siento como la calma se va abriendo espacio tras la tormenta. Siento como, poco a poco, mi ave fénix resurge de entre las cenizas porque, sí, es cierto, el tío me rechazó, pero fui lo tremedamente valiente como para romper las leyes físicas y lanzarme a hablar con él. Resquebrajé mi miedo y mi hielo, haciendo posible lo que veía imposible el año pasado.

El tío es un fraude y yo me siento como un culo, pero levantaré la cabeza como una guerrera. Ya la estoy levantando. Creo que Pep va a flipar hoy conmigo.