alma desnuda

Ella

Ella desearía sentirle pero no quiere. Sabe que su cuerpo quema entre sus piernas. Y no por el calor que desprende sino porque ya se ha acostumbrado a sus frías embestidas. Así que de tanto sentirle, ya no le siente. Y se pasa las horas planeando su huida, llenando de pequeñas piezas su vieja y roída maleta.

Lo tiene todo ahí anotado, en su inventario. Hoy, las bragas negras de encaje. Mañana, aquellos leggins que compró en la mercería de abajo. El miércoles, la camisa púrpura que está sobre la silla.

Lleva así varias semanas, moviendo su vida, poco a poco, a su pequeña valija marrón; calcula que para finales de mes estará llena y podrá cerrarla. Cerrarla para abrirla. Abrirla para verla llena, libre y lúcida, igual que se siente ella hasta que la fría presencia de él le devuelve a la vacía y demente realidad en la que se ha convertido su vida.

La maleta está escondida en el último estante del antiguo armario colonial de su madre, el que heredó de su abuela. Está dentro de ese robusto armario de roble con puertas de cerezo, del que él tanto se ríe y al que tanto humilla, pero que tanta fuerza le está dando.
Lamenta profundamente tener que abandonarlo ahí, con él. El armario de su madre y de su abuela no cabe en su equipaje. Hay muchas cosas que no caben en esa pequeña, desvencijada y triste valija. Como los recuerdos. Algunos son tan densos y pesados que no quiere arrastrarlos; si se cuelan en su maleta, no podrá suspenderla de su mano.

Así que decidió que sólo se llevaría lo imprescindible. Y por eso la ha llenado de banderolas de colores, de guirnaldas rojas y de flores amarillas. También se lleva aquellos besos livianos que le dio el verano pasado en la parte de atrás del colegio; aquellos besos adolescentes con 40 años de retraso que ya casi ni recuerda, por eso se los lleva.

A kilómetros de distancia. A pesar de que son cerca de las siete de la tarde y está a punto de entrar por la puerta, ella sabe que él está a kilómetros de distancia. En el país del silencio, en la ciudad del olvido. Ya no le importan sus mentiras, sus gritos, sus silencios incómodos, sus miradas ausentes, sus frías manos, sus brazos sin abrazos, su sexo vacío, su ruina… Ya no le importa ni el llanto ni el dolor.

Pasan varios minutos de las siete de la tarde. El ocaso de un lunes más. Siente cómo él introduce la llave por la cerradura, por su cerradura, por esa cerradura que tantas veces pensó en cambiar. Ya no importa. Esconde pausadamente su maleta, su inventario y su lápiz mientras él entra por la puerta. Mañana guardará aquellos leggins que compró en la mercería de abajo.