fiesta en la ciudad

Felicidad de postín

Me he cansado de ver tanta felicidad, no puedo gestionarla.

Entro en Facebook o Instagram y veo parejas felices bailando en la playa, viviendo aventuras atravesando la India en moto, o dando paseos entre árboles floridos. Familias sonrientes, niñas y niños dichosos, disfrutando, de frente, de espaldas, con camisetas preciosas e impolutas o, mejor aún, riendo divertidas con la boca y la ropa manchada del último atracón de helado de chocolate. Veo gente escalando montañas, haciendo una vía ferrata o submarinismo. Gente guay buscándose a si misma en Tailandia, en la playa de fiesta, con sus nuevos amigos, o abrazadas a sus nuevas parejas.

Veo todo esto y, obviamente, mi vida me parece miserable. Los problemas de no tener un trabajo estable, la preocupación de estar a cero a día 20, que no me respete Fulanita, que no me entienda Menganito, la falta de comunicación con las personas que aprecio, mis complejos, mis ralladas, las ralladas del tío que me gusta, las mochilas que llevamos en la espalda, el no saber hacia dónde tirar en la vida, la tristeza de algunas noches, la soledad de la libertad… Vamos, el tormento de la insoportable levedad del ser cae sobre mí como la espada de Damocles, mientras el mundo que me rodea está en un eterno viaje de postín, bailando, riendo y de concierto.

El caso es que luego me veo cogiendo el metro a las 8 de la mañana y, viendo la cara tiesa y avinagrada de la gente, me pregunto «¿Dónde carajo está tanta dicha, alegría y felicidad?».

Y me gustaría dejar claro que no es que no me alegre de la vivencia de esos momentos felices, sino que me satura la intensidad de tanto éxtasis compartido.
Realmente me he cansado de hacer ver que vivimos en un eterno vídeo naíf donde hasta las situaciones más dramáticas acaban relativamente bien. Que la vida también es jodida, que duele, que las grandes borracheras tienen resacas inefables, que la tristeza existe, las injusticias pesan, y la apatía asoma la cabeza por la esquina de la alegría cuando menos te lo esperas. Que somos personas reales, de carne y hueso y que, además de momentos de felicidad, es normal que también vivamos momentos pésimos y aburridos. Por no hablar de los momentos dramáticos de según qué realidades sociales.

Por eso he decidido que no voy a seguir castigándome ni fusilando mi cerebro con ese tropel de imágenes felices. Dado que, en un mundo tal altamente comunicado como el nuestro, el sentimiento de soledad es atroz, entiendo que es normal que la gestión de tanta felicidad encartuchada pueda llegar a abrumarme y hacerme eclosionar. ¡Qué ni calvo, ni tres pelucas, oiga!


Fantástico vídeo del gran Moby, por si alguien todavía no ha tenido la oportunidad de verlo: