Escultura de dos esqueletos

La condición humana

Es medianoche, enciendo el portátil y te veo ahí, desafiante, diciendo léeme, léeme… Y entonces abro el e-mail. Y maldita la hora en que lo abro porque, sin querer, me encuentro de frente con una de las pesadillas que, en los últimos meses, está rechinando mis oídos y martilleando mi cabeza:

«[…] los cambios que ha sufrido nuestra condición humana, que ahora se rige por un enorme miedo a establecer relaciones duraderas y una renuncia a formar conexiones verdaderas» *

Miedo a establecer relaciones duraderas y renunciar a formar conexiones verdaderas… La frase me sienta como el impacto de una bofetada de esas que sacan lágrimas pero de amor propio. Pero ¿qué nos pasa a la condición humana? ¿Cómo hemos llegado al extremo de elegir no mostrar lo que nos emociona, de no emocionarnos con lo que sentimos?

Amores líquidos, fugaces, superficiales y etéreos. Caminar de soslayo por la vida. Acojonarse y cerrar de un portazo. Quizás sea una ley física aún no descubierta: cuando más próximo te sientes a alguien, más lejos te autoimpulsas.

Y el caso es que parece que sentir el vacío interior nos gusta. Que sentir esa pesadez en las sienes, esa densa angustia, ese agujero pastoso deslizándose por el pecho nos hace sentir en casa. Claro, es un miedo conocido; una vieja comodidad aceptada, un confort nada confortable pero indudablemente mejor que exponerse a que otra persona pueda herirnos. Es el miedo estandarte de la nueva ley de supervivencia social: para que me hiera otro, mejor me hiero yo y acabo antes.

Nos rodea el miedo a perder nuestra libertad… Y es paradójico tener miedo a perder nuestra libertad de movimiento, cuando es ese mismo miedo el que no nos permite movernos. Pero lo que más me cuesta comprender es en qué momento ese miedo se convirtió en nuestra zona de confort. ¿Para qué huir y no dar espacio a nuestras emociones? ¿Por qué ese miedo a implicarse y vivir, en el sentido más amplio de la palabra? Vivir no es fácil, y esconderse tras el miedo no hace que la vida sea más sencilla, si acaso la hace más triste.

Vivir duele, duele muchísimo, pero también tiene una gran capacidad de plenitud. La vida llena cuando se está abierto a extender los brazos, coger el tiempo con las manos, y no soltarlo. Llena cuando se está abierto a escucharse latir con calma en el espacio, cuando uno deja de mirar con anhelo los sueños y se arranca a conseguirlos. Llena cuando uno se arriesga a dejar su mochila en el suelo para ver qué sucede sin cargar con ese peso sobre sus hombros durante un rato .

Me resulta curioso el término «miedo al compromiso» cuando el mismo hecho de vivir, de estar vivo, es el mayor de los compromisos que una adquiere consigo misma. Nos da miedo construir relaciones con las personas, abrir nuestro corazón y mostrar un pedacito de lo que estamos sintiendo. Nos abruma algo tan natural como establecer una conexión profunda y real con la persona que tenemos al lado y, sin embargo, aceptamos con los ojos cerrados un compromiso esclavo-económico que nos roba una ingente cantidad de tiempo a cambio de pagar facturas inventadas por otros. Realmente me cuesta encontrarle el sentido a todo esto…

Desaprender la forma de relacionarnos con nuestras emociones, atrevernos a escuchar esa voz que grita por romper el sordo muro de pánico que hemos levantado sobre ella.
No sé en qué momento la condición humana dejó de ser libre y valiente, pero me resisto a dejarme llevar por la superficialidad de las conexiones rápidas, a quedarme en el banquillo jugando a mirar cómo pasa la vida. Me niego a actuar como si nunca hubiese pasado nada.

* Fuente de cultura colectiva