mi sombra

Sobre el acoso y la culpa

Ayer por la tarde un hombre empezó a seguirme y a acosarme. Yo caminaba tranquilamente por la calle cuando pasé por su lado, entonces él se giró y comenzó a caminar a mi lado. Que si guapa, que si cómo me llamo, que si qué buena estoy, que si de dónde soy… Si yo aceleraba el paso, él también. Si lo aflojaba, él también. Y a pesar de que le dije que no quería saber nada de él y que me dejase en paz, el tío no paraba de caminar a mi lado echando mierda por su boca pero con la voz baja, para que sólo le escuchara yo. No se puso a hablar alto o dar la nota, sino que lo hizo de forma que parecía que iba caminando conmigo. Y lo siguió haciendo hasta que, al final, tuve que girar sobre mí misma para cambiar de dirección y esquivarle cambiando de acera.

El hombre me hizo sentir francamente mal, sola, pequeña y muy vulnerable. Cuando le di la espalda, el miedo que sentí fue atroz. Y el tipo lo hizo todo de forma que parecía que iba conmigo, como si yo lo conociese, para que la poca gente que podía pasear por la calle no se percatase de que me estaba acosando. Y esto aún me generó mayor inseguridad ya que el miedo y la sensación de que él se creía con el derecho de hacerme lo que le diese la gana, martilleaba mi cabeza. Supongo que eso justo es lo que le ponía, pero de esta táctica me di cuenta después. Antes de esto, y reviviendo los hechos desde la soledad de mi habitación, entré en modo culpa y comencé a cuestionarme si lo que me había pasado lo había provocado yo de algún modo, por mi forma de vestir o de caminar, como si yo tuviese la culpa de su mirada sucia, como si él tuviera derecho a juzgar mi forma de vestir o mi cuerpo, sólo por el hecho de ser mujer y de pasar por su lado.

Y estoy cansada. Estoy cansada de dar crédito a hombres trogloditas. Cansada de que un tiparraco provoque que me de miedo caminar a las 16:30, de un día cualquiera, en una ciudad como Barcelona. Cansada de que alguien se crea con el derecho a analizar mi cuerpo, a juzgarlo, a hablarme cuando no le he preguntado, a agredirme ni, mucho menos, a hacerme pasar miedo con su actitud.

Estoy harta de los machunos que van por la vida como si las mujeres fuéramos carnaza, como si solo fuésemos unas tetas, un culo o unas curvas. Algo bonito que pasea palmito para alegrarles la vista porque, claro, todo lo que hacemos lo hacemos por y para ellos.

Estoy harta de la maldita cosificación, tan arraigada socialmente que vemos normal que se nos catalogue por guapas o feas, buenorras o callos, como si ellos fuesen semi-dioses caídos del Olimpo y nosotras estuviésemos deseando que nos dediquen una palabra o una mirada o una atención. Es tan grande el arraigo que hasta he tenido que escuchar que «al primer piropo se da las gracias y ya está, ahí debería haber parado, no tenía que haber continuado». Flipante e indignante. ¿Por qué he de dar las gracias? ¿Acaso yo voy pidiendo opinión sobre mi cuerpo? Realmente estoy hasta el moño de tanto ego masculino.

Sí, tengo curvas, muchas curvas y también estoy cansada de sentirme acomplejada por ello. Así que, machuno del mundo, si un día me pongo una falda o camiseta que no tenga la forma de un globo aerostático, NO lo hago por ti, ni para ganarme tu mirada de mierda, lo hago por mí, porque quiero aceptar mi cuerpo y porque me da la real gana. Y eso no te da derecho ni a juzgarme, ni a increparme, ni a agredirme, ni a violentarme.

Estaría bien que aprendierais de una vez que una mujer es una persona de carne y hueso, que también sufre y se merece un respeto; que su mundo es muchísimo más grande que vuestro ombligo y que todo lo que hace, lo hace por ella, no por vosotros. Y esto va dirigido a todos los trogloditas, con o sin clase, porque este tío guarro vestía arreglado y de casa bien; porque las mentes ancladas en el Pleistoceno no entienden de clases.