Trondheim

Tic tac. Tic tac. Ella levantó la vista y allí estaba, sinuoso, delicado, tan leve que parecía desaparecer. Y aunque la luz no acababa de irse, la oscuridad no terminaba de llegar, como una media verdad, como un suspiro sin aire. Una imperceptible alba sin apenas ocaso.

El barco seguía su curso mientras el fiordo se extendía en la noche, y hasta donde llegaba su vista. Recordó cómo hizo su maleta, una pequeña y vacía caja llena de una belleza sin límites, sin pretensiones, sin ataduras. Libre y magnífica. Sin él pero con ella misma, con sus ojos implosionados de futiles disquisiciones. Una maleta llena de imperceptibles decisiones.

Tic tac. Tic tac. Definitivamente, esa apacible luz del sol de medianoche se abría paso rompiendo sus esquemas. Mostrando un transcurso lento de un inicio sin final, cómo el que entreabrió su vieja maleta el día que ella cerró la puerta.