Entre las nubes

El avión pasó deprisa mientras miraba por la ventana. Pasó a su altura pero a bastantes metros de distancia, le resultaba imposible decir cuántos.

Asiento 36A. Volvió su cabeza hacia la derecha, la mujer china se había pedido la tercera cerveza. Le había dicho que era de un pueblo cerca de Xi’an. Tenía las uñas largas como un guitarrista de flamenco, y el semblante tranquilo y sereno. Para beber en soledad no hace falta ser de ningún sitio en concreto.

De nuevo, giró su rostro hacia la izquierda, donde una imponente y majestuosa ala se abría paso entre el cielo, manteniendo ese precario pero firme equilibrio.

La miró de nuevo. Debían ir a 950 kilómetros por hora. Mientras lo pensaba intentó notar alguna señal en su vaso, alguna vibración en su pelo, pero no notaba nada, ni un movimiento. Sintió que la carcasa del avión la protegía como una cáscara protege a un polluelo, hasta que se rompe.

Se observó planeando entre las nubes, ordenando nuevas ilusiones tras el difícil año que dejaba atrás. Un huracán de emociones sobrevoló su cabeza y, aún sabiendo que lo fácil suele acabar siendo difícil, empezar de cero parecía más sencillo que quedarse.

Fijó su mirada en la pantalla del asiento de delante y volvió a revisar el mapa. Recorrió con su dedo índice el dibujo de la trayectoria del viaje, apenas eran 20 centímetros. No sabía cómo condensar toda una vida en una línea.

El huracán martilleaba de nuevo su cabeza. La mujer de Xi’an pidió la cuarta cerveza mientras su cálido 36A la abrazaba y le ronroneaba dentro de un susurro, dentro de una especie de canción de cuna, dejando su ciudad detrás.